No tan cliché - Sofía Campos.
Viajo
todos los días en el tren a las 6pm, camino a la universidad. Trabajo por las
mañanas, por lo tanto, curso a la noche. Cuando tengo algún día libre aprovecho
y voy algunas horas más temprano, luego de tomar un café en mi bar favorito, el
que está en la esquina de mi casa.
Nunca,
durante el día y especialmente en mi viaje en tren, puede faltar la lectura.
Los libros me acompañan desde que tengo memoria y a lo largo de mis 22 años.
Actualmente me cuesta encontrar tiempo para ellos, ya que la mayoría lo ocupan
los estudios.
Hace unos días fui a la biblioteca –suelo pasar cada mes, cuando termino un libro, para cambiarlo por otro- a ver si encontraba alguno para llevar a casa. Traté de no dar muchas vueltas y elegí
uno de terror. Creí que mis días eran demasiado rutinarios y tal vez cambiar de vez en cuando el género de mis lecturas podía traer un poco más de emoción a su vida.
Por fin es viernes, me levanté y luego de desayunar fui a trabajar por última vez en la semana. El almacén no era de lo más divertido, pero el sueldo estaba bastante bien, y el amor que
recibía de parte de la dueña -que es una señora muy mayor- no lo cambiaría por
nada. Las 5 horas en la caja pasaron rápidas, ese día no tuvimos muchos clientes
que rendía esa misma noche.
y aproveche para leer la novela. Al mediodía se despidió de Lidia y fue directo
a la universidad, con un almuerzo que se preparó a la mañana, para preparar el examen
Era
un día nublado, en cualquier momento se largaba a llover. Rápidamente me subí
al tren y retomé mi lectura. Siempre me gustó detenerme para mirar el hermoso
paisaje de las calles de Ámsterdam, me mudé aquí hace casi 4 años, pero su
belleza nunca deja de sorprenderme. El tren del carril de al lado se detuvo al
lado del mío interrumpiendo mi apreciación. Miré a los pasajeros del otro vagón
por la ventana y curiosamente me encontré con la mirada de un joven, me percaté
inmediatamente de que tenía en manos “Cementerio de Animales”, el mismo que
estaba leyendo yo y también tenía en manos.
Sentí
una sensación extraña, no era algo para exagerar, pero definitivamente no
pasaba todos los días. Fue raro, pero me llamó mucho la atención el
muchacho y el sentimiento extraño que me causó cuando nos miramos fijo. ¿Es
como si lo conociera de toda la vida? No, no es eso. Ni siquiera sé su nombre.
No sé qué es, pero definitivamente es algo… ¿especial? sí, sentí algo especial,
que nunca había sentido antes y que por alguna razón sabía que no era algo que
podía pasarme en cualquier momento de mi vida, solo hoy.
Fueron
un par de minutos, unos que me dejaron con millones de preguntas e ideas en mi
cabeza todo el día, y el siguiente, y el próximo. Ese viernes rendí mi examen,
quiero creer que aprobé. Llegue a mi casa a las 9pm. Luego de comer algo, me
dormí.
Desperté
en un sábado tranquilo, pero seguía sin dejar de pensar en ese chico, y empecé
a tomarme la situación con humor. Mi vida parecía la típica de los libros
cliché adolescentes, en donde la chica fanática de los libros y el café
encuentra al amor de su vida en la calle, tropieza con él y sus apuntes caen al
suelo, así él la ayuda, se tocan las manos y terminan intercambiando números, cosas
del destino, etc., la historia la conocemos todos. ¿Podría ser mi caso algo
parecido? También puede ser una simple casualidad, aunque esto podría traer
emoción a mi vida.
El
fin de semana no hice mucho. Terminé la novela, estudié y limpié la casa. Lo de
siempre, sin planes.
Llegó el lunes y luego de trabajar fui al café al que siempre
voy, recordé lo que dije sobre el cliché y reí. Ahí ya me conocer y con el que
mejor me llevo es con Luca. Mientras pedía mi flat white de siempre le conté lo
que había pasado y también mis teorías. Reímos un poco entre bromas y me
preguntó por qué no iba y comprobaba o descartaba mis teorías. Realmente no se
me ocurría manera de hacerlo. Luca, como si fuera una obviedad me dijo que
tenía que ir a la misma hora, de ese mismo viernes, a tomar el tren y esperaba,
tal vez me lo volvía a cruzar.
No
perdía nada con intentarlo, me pareció curioso así que lo hice. Ya en el tren,
espere paciente que algún vagón se detenga frente al mío y me tape las calles.
Nada pasó, espere, llegue a la estación de la universidad y al bajarme me sentí
inútil. Los días pasaron y nunca lo volví a ver, yo sé que lo qué sentí
no era cualquier cosa, pero le di más importancia de la que debería haberle
dado. Fue una simple casualidad y la vida no es el cliché de los libros, por
más que lo deseemos.
Creo
que pasaron unos dos o tres años y Luca me recordó aquella anécdota del chico
del tren, reí como la primera vez que le conté sobre él. Al final quedó en eso,
en una anécdota y definitivamente los libros de terror traían aún más emoción a
su vida.
[VERSIÓN CORREGIDA]
Viajo todos los días en el tren a las 6PM, camino a la
universidad. Trabajo por las mañanas, por lo tanto, curso a la noche. Cuando
tengo algún día libre aprovecho y voy algunas horas más temprano, luego de
tomar un café en mi bar favorito, el que está en la esquina de mi casa.
Nunca, durante el día y especialmente en mi viaje en tren, puede
faltar la lectura. Los libros me acompañan desde que tengo memoria y a lo largo
de mis 22 años. Actualmente me cuesta encontrar tiempo para ellos, ya que la
mayoría lo ocupan los estudios.
Hace unos días fui a la biblioteca –suelo pasar cada mes, cuando
termino un libro, para cambiarlo por otro- a ver si encontraba alguno para
llevar a casa. Traté de no dar muchas vueltas y elegí uno de terror. Creí que
mis días eran demasiado rutinarios y tal vez cambiar de vez en cuando el género
de mis lecturas podía traer un poco más de emoción a mi vida.
Por fin es viernes, me levanté y luego de desayunar fui a trabajar
por última vez en la semana. El almacén no era de lo más divertido, pero el
sueldo estaba bastante bien, y el amor que recibía de parte de la dueña -que es
una señora muy mayor- no lo cambiaría por nada. Las 5 horas en la caja pasaron
rápidas, ese día no tuvimos muchos clientes y aproveche para leer la novela. Al
mediodía se despidió de Lidia y fue directo a la universidad, con un almuerzo
que se preparó a la mañana, para preparar el examen que rendía esa misma noche.
Era un día nublado, en cualquier momento se largaba a llover.
Rápidamente me subí al tren y retomé mi lectura. Siempre me gustó detenerme
para mirar el hermoso paisaje de las calles de Ámsterdam, me mudé aquí hace
casi 4 años, pero su belleza nunca deja de sorprenderme. El tren del carril de
al lado se detuvo al lado del mío interrumpiendo mi apreciación. Miré a los
pasajeros del otro vagón por la ventana y curiosamente me encontré con la
mirada de un joven, me percaté inmediatamente de que tenía en manos “Cementerio
de Animales”, el mismo que estaba leyendo yo y también tenía en manos.
Sentí una sensación extraña, no era algo para exagerar, pero
definitivamente no pasaba todos los días. Fue
raro, pero me llamó mucho la atención el muchacho y el sentimiento extraño que
me causó cuando nos miramos fijo. ¿Es como si lo conociera de toda la vida? No,
no es eso. Ni siquiera sé su nombre. No sé qué es, pero definitivamente es
algo… ¿especial? sí, sentí algo especial, que nunca había sentido antes y que
por alguna razón sabía que no era algo que podía pasarme en cualquier momento
de mi vida, solo hoy.
Fueron un par de minutos, unos que me dejaron con millones de
preguntas e ideas en mi cabeza todo el día, y el siguiente, y el próximo. Ese
viernes rendí mi examen, quiero creer que aprobé. Llegue a mi casa a las 9pm.
Luego de comer algo, me dormí.
Desperté en un sábado tranquilo, pero seguía sin dejar de pensar
en ese chico, y empecé a tomarme la situación con humor. Mi vida parecía la típica
de los libros cliché adolescentes, en donde la chica fanática de los libros y
el café encuentra al amor de su vida en la calle, tropieza con él y sus apuntes
caen al suelo, así él la ayuda, se tocan las manos y terminan intercambiando
números, cosas del destino, etc., la historia la conocemos todos. ¿Podría ser
mi caso algo parecido? También puede ser una simple casualidad, aunque esto podría
traer emoción a mi vida.
El fin de semana no hice mucho. Terminé la novela, estudié y
limpié la casa. Lo de siempre, sin planes.
Llegó el lunes y luego de trabajar fui al café al que siempre
voy, recordé lo que dije sobre el cliché y reí. Ahí ya me conocer y con el que
mejor me llevo es con Luca. Mientras pedía mi flat white de siempre le conté lo
que había pasado y también mis teorías. Reímos un poco entre bromas y me
preguntó por qué no iba y comprobaba o descartaba mis teorías. Realmente no se
me ocurría manera de hacerlo. Luca, como si fuera una obviedad me dijo que
tenía que ir a la misma hora, de ese mismo viernes, a tomar el tren y esperaba,
tal vez me lo volvía a cruzar.
No perdía nada con intentarlo, me pareció curioso así que lo hice.
Ya en el tren, espere paciente que algún vagón se detenga frente al mío y me tape
las calles. Nada pasó, espere, llegue a la estación de la universidad y al
bajarme me sentí inútil. Los días pasaron y nunca lo volví a ver, yo sé que lo
qué sentí no era cualquier cosa, pero le di más importancia de la que debería
haberle dado. Fue una simple casualidad y la vida no es el cliché de los
libros, por más que lo deseemos.
Creo que pasaron unos dos o tres años y Luca me recordó aquella
anécdota del chico del tren, reí como la primera vez que le conté sobre él. Al
final quedó en eso, en una anécdota y definitivamente los libros de terror
traían aún más emoción a mi vida.

Sofía, el efecto que provoca tu texto es desconcertante, porque todo el tiempo parece que va a pasar algo que rompa con lo esperable y no sucede; así, solo se da información sobre la protagonista y la rutina que componen sus días. El ejemplo más fuerte viene del libro de terror y del intento de romper los clichés, pero el cruce de miradas entre lectores podría haber girado hacia otra historia, ni de terror ni romántica.
ResponderBorrarResulta incomprensible (¿error involuntario o no?) que, en dos ocasiones se diga "podía traer un poco más de emoción a su vida": si está narrado en primera persona, debería decir "a mi vida".
En cuanto al discurso se torna un tanto explicativo y poco emotivo. Falta una elaboración más atenta de lo estético, del uso "extrañado" del lenguaje, menos previsible. Narrar no es decir qué sucede sino hacer que suceda y confiar en que el lector asuma el juego, las insinuaciones, los indicios.
Rever construcción de oraciones y de párrafos.
¡Buen trabajo!
Al publicar, siempre se debe usar la herramienta justificar para que los párrafos queden correctamente alineados.
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