Líneas amarillas - Lucía Miranda Peila
Ya cansado de la
insistencia inquebrantable de la enfermera, que, honestamente, no era muy hábil
con el lenguaje de señas, decidió asentir con la cabeza a lo que había podido
entender cómo la idea de pasear un rato por la calle para tomar aire fresco. Fresco
más bien un decir, porque ni 70 años atrás cuando era solo un niño, la ciudad
ya no tenía una gota de aire limpio. Debido a las dificultades que presentaba
la comunicación con la in hábil mujer, cosa que era sorprendente porque en 10
años de no escuchar una palabra, en ningún momento se cruzó a alguien así; y
porque nunca se consideró una persona muy habladora, decidió que llevaría el
libro que estaba leyendo actualmente.
Unos minutos más
tarde, ya con sus zapatos puestos y el pelo sutilmente arreglado emprendieron
la marcha hacia la salida del hogar de ancianos y de allí a la avenida
principal. No pasaron más de 20 metros cuando abrió el libro y se sumergió casi
completamente en él, aunque de vez en cuando levantaba la vista para ver la
calle que estaban por cruzar.
La historia lo
había atrapado, como rara vez sucedía, después de una vida llena de momentos
espectaculares, donde ya se volvió difícil que una historia irreal lograse
captar su atención. El protagonista era alcohólico y básicamente relataba en
cada capítulo como fue el avance de su adicción y las repercusiones que tuvo en
su vida normal. En el primer apartado hacia una breve introducción, una
descripción de su persona y sus relaciones sociales. Llegando a la mitad
aproximadamente de la narración, había sido despedido de su trabajo por
presentarse bajo el efecto de esas sustancias luego de una discusión con su
mujer. Dos capítulos después de este episodio, llegó el telegrama de despido a
su casa y para su mala suerte, su esposa fue quien lo leyó primero; la cual
luego de una extensa pelea pasó a quedar más adecuadamente nombrada como
su ex-esposa.
Sin una fuente de
ingresos y sin un sitio donde vivir luego de que Juliana lo echara de la casa
que compartían, no le quedó otra opción que establecerse en su auto por unos días.
Igualmente, no lo necesitaba para dormir, porque últimamente no podía conciliar
el sueño; llevaba al menos 2 o 3 días sin pegar un ojo, por lo que agarraba una
calle poco transitada y paseaba en el Toyota de un lado a otro observando los
paisajes porteños desolados en las altas horas de la madrugada. A veces, si
conseguía que el asiático dueño del supermercado sobre Donato Álvarez le fiase
un whisky barato, la travesía nocturna se hacía un poco más llevadera.
Esa noche, había
recordado que un viejo amigo le había regalado un vino probablemente
sobrevaluado y nunca lo había sacado del baúl del auto, ni siquiera hizo falta
un vaso descartable para que la botella se vacíe en no más de hora y media. La
9 de Julio le pareció una expresión tal de libertad con su ancho y sus veredas
modernas, llenas de luces que pisó el acelerador de más, pero el alcohol en
sangre y la adrenalina opacaron cualquier sensatez restante en su mente ebria.
Los semáforos en rojo pasaban a la velocidad de la luz, hasta que en el cruce
con Av. Córdoba una moto rozó el frente blanco brillante de su carroza. En la
desesperación piso el freno, tan de golpe que luego de una vuelta de 180 grados
se desmayó. Al despertarse en la clínica, con un fuerte dolor en la cabeza, ver
el rostro ojeroso e hinchado de su querida Juli fue un poco abrumador; un
momento más tarde el médico entró y entre todas las explicaciones del caso, le
remarco repetidas veces que era muy afortunado, no solo porque sobrevivió al
accidente sino porque no recibirá ningún cargo ya que el conductor del auto que
iba por carril sobre el que quedó desplazado tuvo los reflejos suficientes como
para frenar antes de impactar.
Miguel se mareo un
poco en la silla de ruedas así que decidió cerrar el libro unos segundos, vio
que ya se habían alejado lo suficiente del geriátrico y quería leer el último
capítulo tranquilo en su habitación sin distracciones ni nauseas, por lo que,
nuevamente como pudo con señas relativamente fáciles le indico a la enfermera que
dieran la vuelta.
El adicto, los días
siguientes en el hospital lo único en lo que fue capaz de pensar es en como
hubiese cargado en su conciencia la muerte de una o más personas si el hecho no
se hubiese dado de esa forma, como hubiese seguido su vida sabiendo que le
quitó la suya a otras personas que ninguna culpa tenían sobre sus problemas y
vicios. Debía hacer algo al respecto.
Cómo seguían en
camino al asilo dejo el texto de lado, el último título había llegado, aunque
podía suponer que luego de experimentar algo así, el protagonista volvería con
su mujer, iría a alcohólicos anónimos y remarcaría la importancia de pedir
ayuda en estas circunstancias, totalmente previsible. Las esquinas en las que
no había una rampa eran dolorosas para su hueso dulce, y para colmo esta señora
inútil no sabía cómo bajar la silla correctamente; si no fuese porque su pierna
izquierda estaba básicamente petrificada, ni siquiera dejaría que lo acompañe.
Volvió la mirada a
la calle que se encontraban cruzando, a lo lejos se escuchaban bocinazos; ya
habían pasado la altura de la línea amarilla que divide la doble mano y los
autos comenzaron a frenar de a poco, parecía que se abría un camino dando lugar
a que alguien lo compare con como Moisés abrió las aguas del mar Rojo. Y
entonces, en el milisegundo que Miguel tardó en pestañear, de repente había un
flamante Volkswagen dirigiéndose a toda velocidad hacia él, y su silla de
rueda, su sordera y su mudez, su pierna inerte y, por supuesto, la estúpida
mujer que iba llevándolo a sus últimos instantes de vida.
El conductor del
Gol fue imputado luego de que la familia del anciano iniciase una causa.
El test de
alcoholemia dio 1.7 en sangre.
Lucía, excelente comienzo, ya que atrae la atención del lector/a y le incentivan el deseo de seguir leyendo. Lo mejor es la voz narradora, la naturalidad con que discurre sobre la realidad interna y externa del protagonista, que se mueve en el vaivén de entrar y salir del libro. Sin embargo, en la reconstrucción de lo que lee se da demasiada información y detalles, hasta generar la sospecha de lo que puede estar anticipando. Cuando el final lo confirma, resulta un tanto decepcionante que fuera previsible.
ResponderBorrarRever construcción de algunas oraciones. Por ejemplo: "El adicto, los días siguientes en el hospital lo único en lo que fue capaz de pensar es en como hubiese cargado en su conciencia la muerte de una o más personas si el hecho no se hubiese dado de esa forma, como hubiese seguido su vida sabiendo que le quitó la suya a otras personas que ninguna culpa tenían sobre sus problemas y vicios" o "[...] parecía que se abría un camino dando lugar a que alguien lo compare con como Moisés abrió las aguas del mar Rojo".
Rever uso de algunos tiempos verbales y tildes que faltan.
¡Muy buen trabajo!